• Marcia Morgado

La repetición como escape: Yayoi Kusama


Yayoi Kusama fotografiada en su instalación "Infinity Mirror Room—Phalli’s Field", 1965, Castellane Gallery, New York, 1965 Stuffed cotton, board, and mirrors Cortesía de Ota Fine Arts; Victoria Miro; David Zwirner © YAYOI KUSAMA

Yayoi Kusama regresa al Hirshhorn Museum & Sculpture Gardens, Washington, DC, con sus emblemáticas composiciones de lunares reproducidas en diversas superficies: telas, papel, plástico y espejos.

Yayoi Kusama, "Pumpkin", 2016, en el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden. Cortesía de Ota Fine Arts © YAYOI KUSAMA. Foto de Cathy Carver

Kusama nació en la ciudad de Matsumoto, Japón, en 1929. Desde temprana edad comenzó a pintar obsesivamente para calmarse de la psicosis que la afligía. Su madre rechazaba la idea de que su la hija fuera una artista profesional, pero después de la guerra ella logró que le permitieran ir a Kioto para estudiar pintura nihonga, estilo rigurosamente formal, del período Meiji que abarca entre 1868 y 1912. Los pintores de esta escuela se conocen poco fuera de Japón. Ese no es su caso: ella es conocida y admirada alrededor del mundo por críticos, artistas, niños, jóvenes, ancianos y coleccionistas.


En 1952 obtuvo el primer premio en la Prefectura de Nagano. Al año siguiente recibió y rechazó la invitación de la Académie de la Grande Chaumière, en París para dedicarse a su primera exhibición personal en Tokío, en 1954. Tras tres exhibiciones personales en los primeros tres meses de 1955, fue invitada a participar en la Exhibición Internacional de Acuarelas, parte de la décimo octava bienal en el Museo de Brooklyn, en New York. Ese año comenzó su correspondencia con la artista Georgia O’Keefe con quien mantuvo una amistad que la ayudó a instalarse en los Estados Unidos.

Experiencia de una visitante a la exhicibión de Yayoi Kusama, “Infinity Mirrored Room—My Heart Is Dancing into the Universe” (2018), Foto por Matailong Du. Cortesía de Ota Fine Arts y Victoria Miro, London/Venice. © YAYOI KUSAMA. Adquirida en conjunto por el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden, Smithsonian Institution, Washington, D.C., y the Albright-Knox Art Gallery, Buffalo.

“Mi arte necesitaba una libertad más ilimitada y un mundo más amplio”, dijo. Impulsada por el deseo de experimentar, en 1958 marchó rumbo a New York con 2,000 dibujos en su equipaje. Al año siguiente hizo la primera en la serie Infinity Nets, en las que aparecen medialunas pintadas con empaste cubriendo telas de fondo blanco. Pinturas “sin principio, final, ni centro. La tela está cubierta completamente por una red monocromática. Esta repetición interminable produce una sensación de mareo y vacío hipnótico”, dijo a modo de explicación.



Yayoi Kusama, “The Hill”, 1953 A (No. 30), 1953. Gouache, pastel, pintura de aceite, y papel en wax. Hirshhorn Museum and Sculpture Garden, Washington, DC. Comprada por el museo en 1996 (96.6). © YAYOI KUSAMA. Foto de Cathy Carver

Año y medio después de llegar a New York obtuvo enorme éxito en su primera exhibición personal en la Brata Gallery donde presentó cinco pinturas de esa serie. Donald Judd le compró una por $200.00. En 2008 la casa subastadora Christie’s vendió No. 2, una de las Infinity Nets de 1959, por $5,792,000: en ese momento destacó entre los precios más altos generados en subasta por la obra de una artista viva. En los años Sesenta exploró instalaciones, performances y actividades políticas.


Durante la década de 1962 – 1972 Kusama vivió una intensa relación sentimental con Joseph Cornell, exquisito artista autodidacta que comenzó creando collages y más tarde las misteriosas cajas en cuyo interior latían universos poblados por su rica imaginación. A pesar de la diferencia de edad –él le llevaba veintiséis años– y estilo, ambos compartían el haber crecido en medio de familias disfuncionales y estaban dotados de una desbordada imaginación que plasmaban de maneras diferentes. Cornell falleció en diciembre de 1972, Kusama regresó al Japón en 1973 para desaparecer por décadas del mundo artístico. Durante ese tiempo se dedicó a escribir produciendo una serie de novelas gráficas y poesía de carácter surrealista.


En el contexto del Pabellón Japonés en la Bienal de Venecia de 1993 dio a conocer sus famosas calabazas. Se sucedieron exhibiciones en espacios públicos y privados alrededor del mundo. Firmó con la Gagosian Gallery y en 2012 colaboró con Marc Jacobs en una serie de bolsos, zapatos, vestidos y pañuelos para Louis Vuitton. En 2023 se espera la segunda colaboración con la marca, ahora bajo la dirección de Nicolas Ghesquière.

Experiencia de una visitante a la exhicibión de Yayoi Kusama, “Infinity Mirrored Room—My Heart Is Dancing into the Universe” (2018), Foto por Matailong Du. Cortesía de Ota Fine Arts y Victoria Miro, London/Venice. © YAYOI KUSAMA. Adquirida en conjunto por el Hirshhorn Museum and Sculpture Garden, Smithsonian Institution, Washington, D.C., y the Albright-Knox Art Gallery, Buffalo.

Hasta el 27 de noviembre se puede visitar la muestra “One With Eternity: Yayoi Kusama in the Hirshhorn Collection” comisariada por Betsy Johnson. Esta es la segunda exposición de Kusama desde 2017; la primera viajó por diferentes museos norteamericanos y constituyó un evento multitudinario. Esta es mucho más íntima, con dos infinity rooms: el primero, Infinity Mirror Room – Phallic Field (1965) y el más reciente, Infinity Mirrored Room – My Heart Is Dancing Into the Universe (2018). Encontramos la misma naturaleza obsesiva que guía las repeticiones en grandes lienzos cubiertos con óvalos de diversos tamaños que se transforman en olas o en las instalaciones con gigantescas calabazas como Pumpkin (2016); también en The Hill (1953), técnica mixta sobre papel. La muestra incluye fotos de Kusama en diferentes contextos. En el último salón vemos Flowers-Overcoat (1964): un sobretodo cubierto de flores plásticas pintado en bronce metálico, posible referencia a una de las alucinaciones que tenía de niña cuando un estampado floral se expandía hasta envolver todo el medio ambiente circundante.

En 1977, Kusama ingresó voluntariamente en una institución psiquiátrica situada al cruzar de la calle de su estudio. Allí reside y pasa largas horas en el estudio haciendo lo que ella llamó “arte psicosomático”: las características repeticiones que desde pequeña le ayudan a encontrar quietud interior.



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